sábado, 9 de agosto de 2008

Neuroteología y el gen de Dios

Antonio Cruz

Neuroteología y el gen de Dios

¿Hay genes para creer en Dios? ¿Actúan tales genes en el cerebro permitiéndole al ser humano creer en la divinidad y en una vida después de la muerte? ¿Tiene sentido la nueva neuroteología? Estas son las cuestiones que plantea el libro El gen de Dios, del famoso genetista norteamericano, Dean Hamer, que ha sido recientemente traducido al castellano por la editorial La esfera de los libros. Hace ya algunos años, ciertos biólogos evolucionistas manifestaron que la creencia religiosa es la expresión de un instinto humano universal: que en el mapa del genoma habría unos genes de la espiritualidad para creer en Dios o para ser religioso.

E. O. Wilson (1999) afirmó que la moralidad es la expresión codificada de nuestros instintos, y que lo que es correcto se deriva en realidad de lo que acontece de forma natural. Esto conduciría a la conclusión de que la creencia en Dios, por ser algo natural en el ser humano, sería por tanto correcta. Incluso algún neurocientífico afirma haber descubierto un módulo nervioso especializado en los lóbulos temporales del cerebro humano que es más grande o, cuanto menos, más activo en las personas religiosas que en aquellas otras no creyentes. También se ha dicho que la religiosidad acentuada o fanática es una característica de algunos tipos de epilepsia lobotemporal. ¿Crean las conexiones cerebrales la idea de Dios o fue Dios quien creó dichas conexiones para que pudiéramos comunicarnos con él?

La neuroteología, o el estudio de la neurobiología de la religión, busca las bases biológicas de la espiritualidad humana. Se trata de una nueva disciplina que analiza la manera en que las prácticas religiosas pueden actuar sobre los lóbulos frontales del cerebro, conmoviendo a los creyentes e inspirándoles optimismo y creatividad. Su objeto de estudio es descubrir las bases neurológicas de las experiencias espirituales, es decir, de aquello que ocurre en el cerebro cuando se siente que se ha descubierto una realidad diferente, en una forma trascendente más elevada que las experiencias cotidianas. Los neurólogos y psicólogos tratan de averiguar qué regiones cerebrales se activan o desactivan cuando el creyente ora, canta o participa de un culto estimulante. Al parecer, las experiencias espirituales en las diferentes culturas y religiones son tan parecidas y uniformes que conducen a la conclusión de que existe una esencia común, que probablemente sea una manifestación de estructuras y procesos concretos en el cerebro humano. ¿Quiere esto decir que Dios es una ilusión del cerebro?

El hecho de que una experiencia religiosa, como la oración personal o la meditación, tenga una correlación neuronal no significa que tal experiencia exista solamente en el cerebro, o que se trate de pura ficción de la actividad cerebral sin una realidad independiente. Por ejemplo, el simple olor de una tarta de manzana que llegara a la pituitaria de nuestra nariz y al cerebro, podría despertar en el área olfativa el olor de la fruta y la canela. En la corteza somatosensorial se apreciaría incluso la suavidad de la masa en la lengua. La corteza visual observaría una tarta imaginaria y las cortezas de asociación recordarían momentos agradables de la infancia asociados a este postre. Si un neurólogo analizara nuestro cerebro en esos momentos, descubriría todas esas sensaciones neuronales. Sin embargo, tal análisis no negaría la realidad de la tarta. Pues, de la misma manera, el hecho de que ciertas experiencias espirituales como la oración, puedan ser relacionadas con una determinada actividad cerebral, no significa necesariamente que esas experiencias sean simples ilusiones del cerebro.

No obstante, por mucha investigación que se realice en este sentido, nunca se podrá determinar si los cambios asociados a experiencias espirituales significan que el cerebro es el causante de tales experiencias o si, por el contrario, está percibiendo una realidad trascendente espiritual. La ciencia humana no puede demostrar la existencia de Dios. Sin embargo, una cosa está clara: el cerebro de las personas, a diferencia del de los animales, está dotado de propiedades neuronales singulares que le permiten la espiritualidad y el desarrollo de su fe en Dios.

Sea como sea, no parece que la neuroteología tenga algo que ver con la teología. En realidad, es una nueva disciplina que habla de los últimos descubrimientos en los circuitos neuronales del cerebro, pero que nos dice muy poco acerca de Dios. Uno de sus principales errores es la confusión entre las experiencias espirituales o sensaciones concretas y la fe en el Dios Creador. Al confundir espiritualidad con religión se pierde de vista que hacer la voluntad de Dios significa mucho más que orar, meditar o tener una experiencia mística. Para descubrir a Jesucristo en el pobre, el enfermo o el menospreciado por la sociedad, no hace falta acudir a los circuitos del cerebro. La verdadera religión no es la del éxtasis místico sino la del amor al prójimo. En la fe cristiana, la práctica de este amor tiene siempre prioridad sobre las experiencias individuales de carácter espiritual.

La ciencia no puede ocuparse de lo inmaterial. Como mucho es capaz de relacionar determinadas conductas con cierta actividad del cerebro. Por eso cuando se afirma, como hacen ciertos neurobiólogos, que dicho órgano encefálico es la única fuente de nuestras experiencias, o que las neuronas han creado a Dios, se practica un reduccionismo equivocado que nada tiene que ver con el verdadero espíritu de la ciencia.

Además de los genes y las neuronas, hay otros factores que influyen también sobre las personas, como son la voluntad, el medio ambiente, la educación, la cultura, por no hablar del poder de la gracia divina. Si los genes son capaces de afectar la conducta y ésta puede afectar a los genes, entonces hay una influencia total. No existe un único gen de la fe como tampoco existe un gen de la libertad.

Hay, sin embargo, algo mucho más importante: toda nuestra naturaleza humana, predestinada inflexiblemente en nuestros genes por el Creador y, a la vez, exclusiva de cada uno de nosotros. Se trata del propio yo. Nuestra conducta depende de él, como también nuestras creencias y valores. Pero también esa conducta puede influir sobre nuestro genoma. Por eso somos libres y responsables delante del Creador. El hombre fue creado por Dios y su corazón estará inquieto mientras no descanse en él.

Antonio Cruz Suárez es biólogo, profesor y escritor.


© A. C. Suárez, ProtestanteDigital.com (España, 2007)

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